Basta analizar con un poco más de detalle estas dos afirmaciones para verificar que, por lo menos, no son completamente válidas.
Así por ejemplo, respecto al tema de la productividad, existen estudios del Departamento de Psicología de la Escuela de Estudios Empresariales de Huesca (España) que concluyen que los equipos de trabajo no siempre sirven. Eliminan la buena competencia, generadora de creatividad y progreso al interior de las empresas; el anonimato del grupo adquiere relevancia; los perezosos y los menos aptos se refugian en los grupos y, al final, se impone la ley del mínimo esfuerzo, con el interés colectivo primando por sobre el individual. La lógica de este estudio es bien simple: los empleados más hábiles rinden más que el grupo, la presión hacia la conformidad con las normas del grupo tiene un efecto adormecedor sobre los más talentosos y los conflictos de personalidad representan una seria amenaza a la productividad.
Respecto a la generación de ideas, los grupos de trabajo ejercen el mismo efecto adormecedor descrito anteriormente sobre los integrantes con más creatividad. Por otra parte, ni Da Vinci, ni Edison, ni Marconi, ni Einstein, ni etc., etc., necesitaron de grupos de trabajo para cultivar y explotar su genialidad.
Esto no implica que sean innecesarias las conformaciones de grupos de trabajo. Estos grupos son absolutamente necesarios sobre todo para lograr efectivas coordinaciones de actividades y para realizar procesos deliberativos para enfrentar problemas complejos. Este es el principal mérito de los equipos de trabajo y no otro.
De esta forma, parece exagerada la forma como se plantea y promueve el concepto de trabajo en equipo al interior de escuelas y universidades, al revestirlo de características que claramente no posee.